martes, 17 de enero de 2017

La buena clase

Qué ha pasado con la elegancia. Qué ha pasado con la música clásica, con la orquesta del otoño, con los violines de violencia cuando la rabia brota como lava. Con la desvergüenza vestida de traje, qué ha pasado. Muchos han perdido a ese director de orquesta que nos controla desde dentro, a ese "miniyo" que agita la batuta apasionado cuando las emociones revientan diques, cuando las palabras dejan de consentir, las teclas de un piano se destrozan, cuando se pulveriza un papel bajo la presión de la tinta. Deberíamos ponerle banda sonora a la vida, o respetar el silencio.



El ruido está matando la poesía de las nuevas generaciones, el saber escribir con gusto, escuchar con inteligencia y hablar con clase, bajándole las bragas a la literatura (y perdónenme por semejante desacato). Alguien que habla con categoría puede desnudarte con palabras mirándote a distancia. Puede hacer que ansíes que no calle, mientras agrava el significado de cada palabra con una media sonrisa. Te encontrará furtiva en una frase, rasgándole la ropa a un secreto. No querrás huir, será un diablo de mirada fija que acaricia las palabras con los labios, hasta que se te caigan las riendas. 

Desearía hacerlo sobre terciopelo y cuchilladas de violines. Qué hay más exquisito que prender fuego con palabras, sin que salten las alarmas de la obviedad más burda. Que caminar como funambulistas sobre los finos hilos de la sutileza, con tacones de elegancia. Señor.

Ese bullicio de alquitrán del mundo que hemos creado está haciendo enmudecer a las emociones, al arte, a los ríos de brillante pensamiento que se desbordan en la mente y el corazón de un rebelde con talento. Y no lo duden, que hay muchos, pero cada vez los pulimos menos. Combatan el ruido, paren sus vidas y fumen escuchando buena música. Escriban un libro sobre su locura, tiren la ropa, desaten su interior en medio del salón. No le tapen la boca a lo mejor de sí mismos, exhiban su verdadera identidad.


martes, 4 de octubre de 2016

Basta

No quiero vestirme más con personalidades retocadas, con versiones de mí adaptadas al ojo que mira. No quiero llevar cada mañana esa cara de derrota, de alguien que ha olvidado que luchó. No quiero ser aquello que no deseé. Tenía sueños.

Era aquella con la certeza de tener un corazón que se desborda, que me llevaría hasta la meta apretando los dientes, allá donde estuviese. Pero el mapa que me dieron resultó ser un panfleto publicitario. No había meta, no había gloria. Nada de ese sudor y esa batalla ganada que le prometí a mi alma. Esta guerra es por permanecer un rato más en el polvo, sin rumbo, por permitir que los segundos se derramen mientras me tapo los ojos. No había premio. Al llegar aquí jugamos al futuro, ebrios de expectativas y juventud, y perdimos. Nuestros sueños resultaron ser un papel de ceniza que alguien sopló. Joder, quién nos engañó. Aún hay restos de culpa en la escena. Quién fue.

Necesito hablar conmigo, hay una conversación muy seria que tenemos pendiente. Voy a ponerme frente a mí y a darme una bofetada en la cara, a gritarme que jamás debo olvidar, que no soy nada más que lo que fui, que debo agradecerme todo lo que he hecho para traerme hasta aquí. Que me levante y empiece a hacer lo que he venido a hacer, por encima de que sea imposible. Que si hay un muro se revienta, que no se me ocurra volver a insultarme con esa falta de cojones, de ilusión, de picardía. Que me debo más respeto.

Después me abrazaría entre lágrimas y me diría lo mucho que me he echado de menos. Me daría un beso y me miraría con convicción para despedirme.

Recupera tus sueños, las circunstancias no tienen derecho a quedárselos. Di “no”, despójate del peso lo antes que puedas y empieza a partirte la cara por lo que soñaste, deja de hacerlo contra el suelo. Vamos, aún recuerdas quién eres.


But the tigers come at night
With their voices soft as thunder
As they tear your hopes apart
And they turn your dream to shame

jueves, 8 de septiembre de 2016

Humo

Ya es septiembre. Una vez más me encuentro aquí, sola en la vigilia de la penumbra. Malditas noches calurosas de Madrid, la jungla de nadie. Me sorprendo acariciando la silla que sostiene el ventilador frente a mi cama, deslizando mi dedo pulgar sobre su acero. Como si fuera ella.



Lo que tengo son jirones de mantas sofocantes, que remueven una y otra vez pensamientos cíclicos, y me pierden en su laberinto. Luz ocre arrojando sombras sobre el gotelé de una habitación lejos de mi verdadera casa. Lo que quiero, por una vez, es lo que necesito. Yo, que parezco de mármol, grito que necesito amor. Maldita debilidad. Y para mí el amor es sobre todo comprensión. Una vez más, no, no será este el texto que sorprenda hablando de otra cosa.

Díganme, en este nuevo mundo tan maravilloso, con su dudosa calidad de vida, su asfalto, sus miles de escaparates de colores, sus relaciones sociales huecas, sus infectos habitantes, la hipocresía de toda la mierda que quieren que sea, la lealtad hecha caricatura, díganme, si hay alguien dispuesto a escucharme, a comprenderme esta noche para que espante a los fantasmas que nacen de la tensión con la que vivo por sentirme fuera de lugar. Quién se enamoraría de la cicatriz, quién besaría la lágrima. Quién estaría dispuesto a abrazarme al final de cada día, a curarme de este mundo al que nunca me he adaptado. Sin que nada se confunda. Sin ir más allá, ni firmar ningún contrato corporal más que el que dicten mis heridas. Quién. A amarme y que yo le ame, le comprenda, le cure. Quién, mil noches seguidas.

Me atormenta la idea de que muera mi pasión sepultada por la mediocridad. Que muera mi poesía esperando el día en que pueda volver a brotar como lava en una caricia, en una mirada. Que mi mente y mi piel nunca vuelvan a ser consoladas, descifradas, amadas. Me atormenta.

Puede que en algún lugar, al que por más que me esfuerce no puedo acceder, haya alguien con el corazón muy roto y los principios intactos. Por favor, que haga esta noche una hoguera y queme sus mordazas diarias, que haga llegar el humo hasta mi ventana, pues que sepa que lo amo, que lo comprendo. Que en realidad no está solo. Que no está perdido, pero que podemos perdernos.

"Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender."

Françoise Sagan



Razón y piel, difícil mezcla. Agua y sed, serio problema.

domingo, 14 de agosto de 2016

Marañas a la deriva

Hay una maraña indescifrable. Cada día arroja una certeza que al siguiente vuelve a devorar en sus entrañas, negándola. Qué hay de cierto. Qué hay de cierto si nada permanece, si hasta los muros de hormigón acaban sumidos en los lodos de los confines temporales de las civilizaciones, de la causalidad. 



Creo que las normas, los principios, la sagrada moral, son tan relativos como las perspectivas y tan inestables como lo es el tiempo. Son como un teatro en el que aceptamos participar, para aferrarnos a algo sólido que nos prometa seguridad y calor, aunque sea una rama que flota a la deriva. Para mí no hay nada claro, ya no sé si el camino es hacia la derecha, izquierda o las dos a la vez. Si debo llegar a algún sitio, si tengo prisa o si esperamos a algo. O a alguien.

Ante el atisbo de descubrir lo perdidos que estamos, hemos aprendido que si cerramos los ojos no tenemos miedo. Si cerramos los ojos no hay mar, no hay inmensidad en la que se pierdan nuestras referencias, que nos convierta en máscaras sin rostro, que enmudezca nuestra voz y difumine nuestros objetivos. Si cerramos los ojos somos alguien, no hay maraña. Abrazamos a esa rama, a ese origen en movimiento que permanece fijo en nuestra mente si tenemos fe, y entonces nos sentimos seguros. Flotamos acunados en la ignorancia de nuestros ojos fuertemente cerrados.

Tal vez a esto se juegue aprendiendo a navegar sin rumbo, apretando lo que tienes más cerca contra tu pecho y dejándote llevar. Soltando el timón. Al fin y al cabo, tampoco sabemos adónde vamos, o al menos yo no lo sé. Lo que sí sé es que en este mar, las decisiones, los sentimientos, o brotan de dentro o se irán con la corriente al igual que vinieron. También sé que hay que dejarles la puerta abierta a nuestros huéspedes porque no se quedarán para siempre. Cada uno tiene su deriva, su rumbo sin rumbo. Nuestro único refugio yace dentro de uno mismo.

Recuerda, ten fe, cierra los ojos, apriétalo contra tu pecho. Si crees que no hay maraña, no hay maraña.

martes, 15 de marzo de 2016

Me presento

Hoy cumplo 21 años.

Soy una sonrisa que se desborda en la cara. Una duda que no quiere saber que existe. La seguridad haciendo equilibrismos y el caos practicando meditación. Soy la delicadeza defendiéndose con uñas y dientes. Un error que se repite a sí mismo. Un jardinero en un campo de batalla. Una pena que quiere suicidarse por amor a la alegría. Soy la adicción al riesgo y todas las veces que me he llamado cobardía. El descaro sin fundamento y un silencio lleno de razones. Una niña que escribe sus memorias. Soy una línea quebrada en un gráfico de constancia. Soy un quiero, y un puedo en lista de espera. Una derrota tatuada en la piel. Un número que decide su valor y una ecuación que no quiere resolverse. Soy todos los recuerdos que me contarás dentro de unos años. Una niña que juega con la primera pieza de un dominó.

Tengo una rutina que es cárcel y palacio. Hay un "he vuelto" en busca y captura cuya recompensa soy yo. Un "para siempre" arrugado en la papelera. El dibujo de una varita mágica en mi corcho. Un tachón en mi agenda para este fin de semana. Ya no tengo raíces pero puedo volar. Tengo una mente psicópata encerrada en un rincón de mi cráneo, y otra enamorada de la vida que ya no quiere disimular. Una habitación en la que están prohibidas las fotos. Tengo un armario en el que me encantaría concertar visitas.

Vivo en el tren que une mis dos ciudades. Vivo en un lugar que existe porque trabajo para creer en él. Estudio la elasticidad de los límites desde que tengo memoria. También la manera de olvidar los motivos que tengo para preocuparme. Busco a atención sin llamarla, aunque a veces caigo en la tentación de mandarle un mensaje. Prefiero guardar fotos que rencores. Prefiero lento. Cerca que lejos. Mirar que hablar y tocar que mirar. Me sé el teléfono de una biblioteca a la que nunca he ido, y hace meses que debo dos libros sobre sexo a otra. Ofrezco compañía a cambio de naturalidad. Apunto mis principios para que no se me olviden. Lo único que es imprescindible es la sinceridad.

Soy mía, pero quiero compartir.

domingo, 13 de marzo de 2016

Tacones perdidos

Conozco un lugar, donde la luz viste de noche y arroja lentejuelas de colores que parpadean sobre los cuerpos de tribus tan sólidas como volátiles. Desconocidos se abrazan y saltan en corro, gritando a viva voz que “son la revolución”. El aire engorda en vapor y lame alientos de alcohol. Los posibles son certezas y la debilidad queda en la puerta. Las dudas son antifaces que se dejan en el perchero a 3 euros la vergüenza. Los talones y las miradas se clavan en pasos de bailes inventados, de musas que nunca seré más que hoy, que las soy todas a la vez. Me las creo, se las creen. Hoy lo soy todo.

Fluye, como un calambre cálido. Incontrolable. Empieza en los brazos, pasa por los hombros, sube a través del cuello y llega a dibujarme una sonrisa de autosuficiencia. La música es el guión, mi cuerpo el títere. No sé lo que viene a continuación, hoy no hay más exámenes que el de improvisar, el único requisito es hacerlo con firmeza. Aquí las meteduras de pata no son tal si se hacen hasta el fondo. No valen los atrevimientos a medias. Cuando el ridículo es la regla no es ridículo, es seguridad.

Este es un lienzo negro de tres dimensiones y azúcar en las suelas. Cada uno baila como quiere y todas las cartas son póker. Aquí aquel que no quiera poseer nada lo tiene todo. Todo aquel que haga el camino por el placer de caminar (o bailar), gana el oro. Aquí los que encuentran el sentido son los que no le buscan, le sacan de dentro, se le inventan. Se hacen los dueños porque no quieren jefes. Nada importa excepto el momento por unas horas. Y es contagioso. Hoy es hoy, mañana no existe.

Aquí estás, loca juventud. Llegas tarde. Te he esperado metida en estas medias un buen rato, pero has llegado precisamente cuando me he puesto los pantalones y he tirado los zapatos para bailar descalza. No te vayas, tú no. Decían por ahí que eras la fachada de una inmadurez bien vacía. Si no te conociera les daría la razón. De hecho, he llegado a odiarte, a despreciarte cuando los demás hablaban de ti. Pero hora tú y yo sabemos la verdad. Que por unas horas la vida es una cuestión de pies, caderas, miradas y alcohol. Que aquellos que apuntalan su pésimo envoltorio para poder gritarle al mundo que existen están equivocados. Que es exactamente hacia el otro lado. Que la fiesta eres tú y no un local con mucha gente en el que es imposible hablar. Que es una actitud y una sonrisa de pilla. Y sobre todo, y esto es la mejor parte, que no tiene por qué acabar cuando sale el sol porque, el placer, es un estado mental. Pero ellos no lo saben. No lo saben.


La solución para algunos problemas es darles una patada. No todo viene en los libros.


¡Resistencia!

miércoles, 3 de febrero de 2016

Siempre entran sin llamar

Quiero vomitar lágrimas cuando el nudo se pone frente a mis ojos y me dice: "mira, mira lo perdida que estás. Mira cómo rechazas el amor que no estás segura de haber perdido por no saber recuperarlo. Estás cometiendo errores que os están matando a las dos, y es culpa tuya. Estúpida".

Me poseen los sentimientos con cualquier imagen en mi mente que guarde un poco de veneno, porque estás aferrada a todas las emociones fuertes de mi vida, alegres y tristes, estés o no en sus historias, mi corazón siempre te mezcla con presentes a los que eres ajena. Y me lleva a ti, al vasto mapa de nuestros recuerdos, a fotogramas sepia de la calma y el amor enredados en un despertar. No pretendo hablar, sin embargo, de penas que se arrastran por el suelo y se repiten como los cuentos. Me visitan a veces, pero ese es un capítulo que he escrito y leído muchas veces. Ahora ha venido la autonomía, tímida y muy acomplejada, pero ha venido, y en mí no puedo tener a dos huéspedes tan opuestos e importantes. No puedo atenderles como es debido. Así que uno de ellos solo viene de visita, pero cuando lo hace enmudece hasta el aire.

Ese amor nuestro, vestido de una manera mata pero de otra me hace invencible. Uno lleva un traje negro y camina muy rápido, no tiene tiempo para mí, que soy tranquilidad. El otro ilumina la estancia y siempre le soy suficiente, simplemente porque soy, porque existo. De ambas maneras sé reconocerlo: es el mismo. Pero qué opuestas son sus consecuencias. Son tan sutiles las diferencias entre los extremos… Las pequeñas teclas del desequilibrio están hechas para fabricantes de violines, no para animales inexpertos.

Quién sabe de la verdad, si ni los protagonistas cuentan la misma historia. Quién sabe cuál es la solución entonces. Tal vez sea la de siempre, la que te dicte el corazón y nos olvidamos de los peros. Pero bien es cierto que hay condiciones a las que el corazón no está dispuesto a renunciar, que a veces tiene que venir la razón a rescatarle de su caldo volcánico de emociones para recordarle las líneas rojas tras las que se sabe echado a perder en una espiral sin retorno. Aunque, hay que reconocerle también que su tarea no es “saber”, que eso se lo deja a otros, despreocupado y epicúreo como es siempre. Qué rebelde tan encantador. Y es que si de lo que hablamos es de renunciar, el corazón no tiene límites. Tal vez sea precisamente en esa ola destructora en la que resida su arrolladora belleza. Belleza y poder. Poder desatar con un gesto una sublevación de emociones. Poder arrasar un corazón con una canción que entró sin llamar, y en la que se esconden tribus de recuerdos. Poder desviar unos ojos con el caminar de unas caderas desequilibradas. Belleza y poder. Amor y poder.


Poder arrasar un corazón con una canción que entró sin llamar, y en la que se esconden tribus de recuerdos. 

jueves, 14 de enero de 2016

Co-razón

Corazón

A veces oigo susurros que me dicen que existen las brujas, que hacen pociones para truncar destinos. Tal y como ha ido la historia, voy a terminar creyéndolo.

Hacía mucho que no pasaba un rato conmigo de esta manera, con esa tristeza tibia, que te aclara la mente y te corrige la jerarquía. Las últimas tristezas que me han visitado estaban hechas un nudo y tenían mucha prisa. Por fin has vuelto, hola vieja amiga, abrázame.

Con una frase pueden sumarse años a mis párpados. Bum. Un capricho de ya no sé quién y lo tenemos, ojeras violáceas y actitud de autómata. Al menos aprendo, me inmunizo a base de veneno. Pero tengo miedo de hacerme impasible a lo bueno también. Así como de piedra. Confío en mí, y espero saber corregirme si veo que me pierdo entre mármoles blancos cuando fuera haya algo de lo que disfrutar.

Y entre tantos pensamientos he llegado a una conclusión. Me temo que los “adiós” por amor, en mi caso, son más bien un: te amo demasiado como para esto que me estás haciendo. Y la distancia lo único que borra de la frase es “esto que me estás haciendo”, pero amar amo, ya lo creo. Sobre todo en esos momentos en los que me doy cuenta de que la soledad que tengo ahora antes tenía dos mitades, un silencio abrazado a otro silencio. Mirarnos mudas, y reírnos sin guion previo. Qué artistas.

A pesar de todo, no me arrepiento de haberme despedido. ¿Cuándo es el momento de decir se acabó? Algunos dicen que nunca. Puede ser. Yo prefiero decir, “hasta luego, pero no me esperes”. Cuando duele más seguir que romper un "para siempre", esa es mi respuesta a la pregunta. Tanto se gana a veces aceptando una derrota como venciendo al rival, o tanto se deja de perder. Así que no me arrepiento. Porque no sé a vosotros, pero cada "para siempre" que resulta ser falso me mata un poco. Así es este mundo, no dependas ni de ti mismo. Yo a veces me fallo también. Esto es una fiesta de errores imperdonables, y ya nadie paga los platos corazones rotos.

Ojalá todo hubiera sido tan fácil como dejarse llevar. Eso decía yo, "déjate llevar". Lo siento, me equivocaba. Y te convencí. Lo siento, tenías razón y ahora lo veo. Aunque, también estoy aprendiendo a dejarme llevar otra vez, porque se me había olvidado cómo era. Al fin y al cabo, prefiero equivocarme, porque es lo que más me ha hecho disfrutar en la vida, y además tampoco sé cómo se acierta. Ya me he dado por imposible, y tal vez eso sea lo mejor que puedo hacer por mí.

Pero tenías razón, los alardes de libertad a veces hacen daño. Y como es así, el amor no puede regalarse sin pensar, aunque es lo que todos terminamos haciendo en algún momento. El corazón es como un globo de helio, al que un día le cortas el hilo de la razón. Ese día. Empieza a volar, precioso, a subir y subir hacia las nubes, por encima de ellas, balanceándose hacia los lados como si bailase celebrando su libertad, tan lento como alegre. Observa el mundo de nuestros diminutos problemas desde el cielo azul, ajeno, pero más cercano a su esencia que nunca. Hay cosas que están para dejarlas ir. Y ya no van a volver, los hilos solo se rompen una vez. Pero qué bonito fue liberarlo, verle brillar elevándose en su perfecto equilibrio. Esa belleza fugaz, tal vez la única cierta.

Las ideas no tienen dueño, me temo que el amor tampoco. Hay cosas que no pueden poseerse, como las flores. Si te las llevas a casa tienes que arrancarlas, y las vas a matar. Un corazón no es ni tan siquiera del cuerpo en el que nació. Vuelve siempre al lugar del que vino, no sabemos dónde, pero está alto, muy alto. Nuestra tarea es liberarlo de la forma más hermosa posible. Puede que de la mano de alguien, en familia, abrazado a la naturaleza, joven, viejo, cada uno elige su momento y su manera, lo importante es no quedarse con el globo en la mano.

Estoy orgullosa de que liberásemos los nuestros abrazadas. Gracias por ser esa compañera.




martes, 12 de enero de 2016

Promesas, promesas...

Dicen que voy a salir a conocer la vida en otros cuerpos. “La vida”, dicen. Prometen diversión y comodidad. Promesas para desayunar, para presentarse, de aperitivo, como currículum… Voy a reíros el truco, aunque se os escapen los ases por la manga del interés. Diría que como una tonta, pero no, porque quiero taparme los ojos para coleccionar ese sueño. Quiero creer, volar otra vez aunque sea un ratito. Sé que voy a tirarlo cuando quiera ver que no vale nada. Qué malas son las comparaciones... Y volver una vez más a ese fatídico punto de partida, pagando la aventura con ganas.

Más bien, tal vez sea cuestión de estrategia. Hay que seguir, ofreciéndole riqueza a gente que no la merece, porque un día alguien va a guiñarte el ojo sin haberse fijado siquiera en el oro que regalas. Porque ha visto la cicatriz, y a su lado el verdadero tesoro. A esos es a los que les ha guiñado el ojo. O al menos eso me digo a mí misma cuando dudo, y me canso, y quiero rendirme. Pero no, eso nunca. Terca, terca hasta el final.

Yo me fío de eso que dicen de que el trabajo da sus frutos. Más os vale tener razón o voy a reclamar al refranero popular por ofrecer respuestas para todo. Consuelo de tontos.

Y es que me lo piden mis labios, ahora que tengo este vacío tan enorme que me han dejado. Ahora dirían aquellos señores: no hay mal que por bien no venga. (Al cuerno).

Es otro tipo de hambre. De necesidad. Todos los días tira de mis neuronas como lo hace una niña de la manga de su madre. En cualquier momento, sin respetar ni la hora ni la rutina con la que me he amurallado. Taladrándome la cabeza cada vez que me quedo sola. Es decir, constantemente.

Los labios son la diana, para mí. La puerta al corazón. Los besos, mi palabra. Aliento, piel, manos, caderas, mirada. Removemos todo con la mente desnuda y ya tenemos nuestra poesía. Y se viene el amor a bailar. Y fiesta. Y ya se ha vuelto a liar. Joder.

Tal vez sea eso lo que busco, que sus cuerpos me desvelen la poesía que son capaces de recitar. Su límite. Sus secretos, su sensibilidad. Lo quiero todo, porque sólo así se llega a ese éxtasis de nubes y música en mis saltos a los adoquines cuando estoy tan contenta. Lo anhelo tanto… Pero ni yo misma sé si me servirán. Y sí, me temo que el verbo es servir. El amor sirve. Que venga alguien a negármelo, que le enamoro. No, ojalá.

O igual no es el cuerpo, sino el alma chorreando por los poros de la piel. Aunque para mí van siempre de la mano. Si no, nada funciona. Nada sirve. Algunos saben separar, yo no. Sí, creo que es eso lo que busco, beber almas en la piel para llenar la mía.

Prométeme lo que quieras, pero préstame tus labios y me presento.


And it might take time, take time...

lunes, 4 de enero de 2016

Ahora



Hay veces en las que el cielo, de vergüenza, debería romperse en pedazos, como dice una canción. Por lo que nos ha hecho a algunos. Por partirnos la cara todos los días y que el mundo nos de la espalda en sus fiestas para niñatos. Pero tampoco nos engañemos, no nos debe nada. No se lo debe a nadie. Tal vez te lo debas tú a ti misma, y este sea el momento de dártelo. De dar(te)lo todo. Al menos, para mí no es tarde. Ni pronto. Es ahora.

A la mierda las canciones de desamor. Si quieres tocar el techo del mundo, hazte a la idea, vas a llegar sola, porque si no será solo temporal y vas a hacerte polvo otra vez al caer. Aunque seguro que en esta no te dejas llegar tan alto. Ni van a poder dártelo esos críos. Porque, aunque esa persona no haya sido leal, tú sí lo eres a lo que pasó. Y, joder pequeños, fue incomparable.

Si te vicias a pasearte entre grises con fantasmas te aseguro que vas a convertirte en uno. Hazme caso, los “para siempres” tienen letra pequeña. Que mientras dure sea eterno, eso es lo que dicen. Hasta que no te rompes contra el suelo no te das cuenta de todos esos pequeños matices que al final le dan a la vuelta a la historia. Y te dejan con esa cara de gilipollas. Como uno de esos a los que les ha tocado la lotería y se lo han gastado todo antes de cobrar, y entre tanta fiesta les caducó el boleto. Pero fue la fiesta de tu vida y lo derrochaste todo hasta que no hubo más risas que meterse. Que nos quiten lo bailao, suele decirse.

Pero este es un producto sin garantía, te la jure quien te la jure, ¿sabes?. Nada es permanente, y eso es algo que tienes que tener claro en los comienzos a partir de ahora. Disfruta mientras dura, maldito afortunado. Y no la cagues.

El momento de levantarse va a llegar en una carta en la que el remitente es anónimo y el destinatario vive donde ya no hay nada que perder, y joder, lo siento, pero ese eres tú. Entonces, las ganas van a salir del sobre y van a decirte: “levanta idiota, tenemos mucho trabajo”. Tu subconsciente te esconde siempre salvavidas mientras tú sales a reventarlos todos. Esas ganas van a cogerte de las muñecas muy fuerte y a arrastrarte por unos pasillos nuevos para ti, tú que te creías que lo sabías todo. Y todo con sólo el sonido de sus tacones, que estremecen los muros del pasillo, como altavoces que vibran tocando lo que les salga del mismísimo. Coño. Van a pintarte los labios de rojo, a rasgarte los pantalones, a partirle las vergüenzas a tu cara, a despeinarte de velocidad. A pintarte una sonrisa de maldita zorra. Pero no una de esas que necesitan de la noche, una que te jura pecado cuando abre las puertas por la mañana.

Fuera todos de aquí, si es que aún queda alguien. Este guión voy a escribirlo yo, porque la historia, aunque ha sido preciosa, tiene que continuar. De lo contrario va a hundirse en cualquier trama mediocre que apeste a cobarde. Esta vez no voy a pedir disculpas si rompo algo, porque mi letra pequeña es la más grande de todas, y mi sonrisa de perra avisa: no soy de nadie.

Voy a equivocarme, una y otra vez. Y no, cariño mío, tú no vas a ser una excepción.


Feliz 2016, diablillos. Vamos a portarnos muy mal.

martes, 29 de diciembre de 2015

El seis

En realidad es un número, pero yo ya lo he adoptado como un símbolo, aunque los números, antes de ser cifras, son símbolos, ¿no? Entonces yo me quedo con la juventud del 6, no con su madurez. 

No es simétrico. La simetría es clara y va de frente, y parece ser que a mí siempre me ha gustado meterme en líos. Trato de romper la simetría inconscientemente, buscando encontrar algo estimulante al hacerlo. Es aburrida, predecible. La complejidad le guarda a una más sorpresas. Hace que nada sea único, y qué hay mejor que tener un sitio favorito, un libro favorito, unos labios favoritos, una persona favorita y no dos iguales.

El seis no es simétrico, es un rebelde. Se negó a ser un círculo, rematadamente simétrico, poniéndose una cresta. Se la puso como advertencia, “Ojo, que no soy un círculo, no soy redondo porque no quiero. No soy un cero, soy un seis.”

Además le declara la guerra a la línea recta, a la continuidad, al orden y al número 11. Le da voz a su madre, la línea curva, para que hable por él, sensual como es la letra “S” que puso en su nombre.

Tiene una extraña relación amorosa con el número 9. Aunque se declaran distintos a viva voz, se atraen de manera innata. Hay algo que les recuerda a sí mismos en el otro. Lo perciben en el aire, un nosequé que les atrae sin remedio. 

Una vez el seis se miró a sí mismo en un espejo cóncavo, y en vez de ver su cresta vio su rabo. Era el número nueve, mirándole. O tal vez fuese él mismo boca abajo, su yo más igual y opuesto. Se enamoró, quiso tocarlo y abrazarlo, pero las yemas de sus dedos chocaron contra el frío espejo. Había dos números entre ellos que les separaban. 


Esta es la historia de amor entre el 6 y el 9, cuando el 7 y el 8 no miran, se guiñan el ojo que ambos tienen, soñando con fundirse el uno con el otro, ahora sí, en una simetría que solo pueden sentir juntos y que nadie más entiende.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

De vuelta a mi sendero

Estoy ahogando un recuerdo. Lo entierro cuando aún sangra a chorros. Me siento como en esas películas en las que el asesino ahoga al amor de su vida con un pañuelo empapado en cloroformo, mientras con la otra mano le coloca con ternura el pelo en la oreja. Cuando llegué ya estaba todo perdido. Para cuando decidí acabar con esto tú ya habías sido víctima. De mí. Ahora trato de dormir a tu recuerdo para ver si así dejas de dolerme. Tu viejo tú es el que me duele, el que tenía en sus manos los hilos que salen de mi corazón. Esa ya no está, un día los cortó súbitamente y desde entonces no sé quién soy, ni cómo es posible que una vida pierda el sentido con un chasquido. Ni cómo he podido permitirlo.

Tu nuevo tú ahora va por ahí construyéndose un hogar con los ladrillos del que ha demolido, del nuestro, e invita a todos menos a mí, que veo su fiesta desde los escombros de enfrente.



Cuando quiero olvidar, mi conciencia me susurra cobarde. Yo me digo superviviente. No veo otra manera de volver al camino, a uno que sea sólo mío. Ya descarrilé hace tiempo. Tal vez sea el momento de volver, cargada de aprendizajes como arrugas fatigadas y la alegría comodín de alguien que lleva tiempo ahorrándola.

Pensé en tatuarme tu nombre, para que nunca pudiera traicionar a mis raíces a sabiendas. Enterrarlo en mi piel. No veo un sitio donde pueda descansar mejor, si fue allí donde aprendió a ser.

Me aferro a los posibles para no mirar atrás y que entonces vuelva a paralizarme el vértigo. Posibles de esos que no llegan, que son más bien cuentos de los que ya tienes la moraleja del luchador sin haber sucedido aún. Veremos.

Ahora tal vez la Navidad sea el billete excusa para regresar. Y quedarme en mí.
He vuelto con mis convicciones en la maleta, y la sonrisa absurda de quien vuelve a buscar lo que ahora aprecia y siempre derrochó. Y hoy tengo la sensación de que eso es suficiente para construir el principio de un para siempre en el que
mi niña bonita
soy yo.


jueves, 3 de diciembre de 2015

Anatomía de un crujido sordo



Aún me pregunto,
qué tecla se ha roto,
qué barrote
de los que encerraban
a mi soledad,
que ha salido
apresurada y sin bragas,
a reponer la compañía
que tú siempre me dabas.

Ha acudido a mí,
como la sangre
al agua caliente.
A estrecharme
muy fuerte,
para subrayarme
las lágrimas
que tú antes borrabas
con besos en mi frente.

Todo se precipitó, como siempre, después de un estruendo bronco. Tengo la sensación de haber pisado algo.

Y ese algo,
diminuto como un bichito,
pero vital,
ha muerto en el polvo
de una de mis huellas.
Pero, ¿de cuál?

Lo sé porque oí su exoesqueleto crujir bajo mi suela. Pero por más que reviso la historia no encuentro la frase, el número de la página en la que está enterrado.

Solo tengo ese eco
de cuando se rompió,
al dejar caer mi peso.

Y, si no puedo ponerles nombre a mis ilusiones muertas, seguirán apareciendo a su hora los fantasmas sin rostro que vienen a apretarme por las noches. Y me dicen "que se llama(n) soledad."

Ni viven ni mueren.
No sé cómo llamarles,
ni de qué recuerdo beben.
No puedo saber cómo matarles.

Me acompañan como el borrón antes un punto y final, que le ha negado el sentido a toda la novela que mi vida se ha molestado en escribir.

Para mi jamás morirán,
pero nunca más estarán vivas.
Aquellas ilusiones.

Estarán, supongo, encerradas en el cajón de los juguetes rotos. Los que nadie tira. Donde está el guiño que le falta a una sonrisa tuerta .)

sábado, 28 de noviembre de 2015

La flor de mi guerra

Por lo que yo sé, hasta ahora prefiero a los callados. Son más sabios, más íntimos. Su voz pesa, aplasta a las de los demás, y a sus dueños. Ellos sentencian, no sugieren, y cuando es su momento nunca fallan.

Sin embargo, al otro lado del frente de combate, la osadía es un escudo excelente. Las palabras de un deslenguado chocan contra las de los otros y las deshacen en el aire, antes de que lleguen a atacarles. Es aquello de que la mejor defensa es un buen ataque. Ellos están siempre alerta, con la metralleta cargada de frases en salidas de emergencia. Condenados por sí mismos a que su yo más puro muera atrapado tras una armadura de juicios de metal. Pero es cierto, no hay que olvidarse de que Nunca Jamás nunca jamás existió, y de que este mundo es Para Siempre en plena batalla. Ellos lo saben bien. Y qué triste es vivir en guerra.

En cambio los callados... Observan, se camuflan. Hilan fino y no tienen prisa. Más que callados son secretos. Agentes. Les cubre un velo de prudencia inquebrantable. Ellos también corren el riesgo de marchitarse consigo mismos dentro, pero no atacan, esperan el momento exacto. Su momento. Hasta entonces, absorben las palabras. Todas. Y con ellas trazan un mapa preciso del terreno. Aunque, en un mundo en el que hay más mierda que flores, ser un recipiente silencioso es garantía de convertirte en maceta para estiércol. Y hay tanta gente que defeca por la boca y luego no se limpia...

Entonces llega un día en el que alguien deja una semilla en lo alto de tu montaña de caca, o la trae el viento, o directamente ese alguien se entierra dentro porque hace más calor. Y crece una flor. No es más bonita que ninguna, sino que todas. Crece nutriéndose de toda esa mugre que han recogido los años. Una flor esbelta y hermosa. Fuerte.



Ahí va, sus ideas caminan con tacones y a ella no le hacen falta para alcanzar a ver los atardeceres. Es la envidia de todos esos insolentes charlatanes que, por supuesto, la atacan como saben, a susurros. Susurros que mueren bajo su caminar. Y ella se hace cada vez más guapa, más princesa, mas lista, más... Más cerca. De mí.

Explota los globos que guardan mis sueños, que están esperando su momento para nacer al tocar tierra firme. Lo hace con su alfiler de sastre de aventuras. Pum. Ella borra la palabra deseo para escribir cumplido.

Y es entonces cuando descose mi boca para por fin decirle: te quiero. Y no callar nunca más.


Así que, será cierto, perderemos mil batallas, pero la guerra es nuestra. A esto se gana con flores. Revoluciones y claveles. Ahora lo entiendo.

Es al final cuando los callados abrimos la boca para mandar callar. O no. Para dar las gracias. A los blablás. Esta flor está en mi maceta. Y es mía.

Jaque mate.




Les carottes sont cuites.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Una flor, un recuerdo.

11-11-15

Brotó el verbo en torrente en mi cabeza. Esta tarde quise gritarte una poesía. Seguro que no te ha importado, así que no te la he enseñado. Ni la he escrito.

A veces resulta más placentero acariciar las ideas para que no se rompan que catapultarlas a la realidad de un golpe. Son muy frágiles, tanto como exigentes son los ideales.

Decía algo así como que tengo un montón de flores secas encerradas en el peso de todas las páginas que hemos pasado, aplastadas por un mar de epitafios que lapidan la prosa de nuestros pasados presentes. Puestas ahí con la misión de mandarles un mensaje a nuestros futuros, para que al reabrir nuestra historia nos invada el aroma de aquellos días y paremos a replantearnos el ahora, si no es demasiado tarde. Como un mensaje lanzado al mar en una botella, perdido en el océano del tiempo sin saber si encallará en la playa de algún presente.




A mí por ahora sólo me han llegado zarzas envenenadas con aroma a melancolía. Y no me pareció que mereciera la pena romper con realidades flores frescas para terminar escribiendo espinos tristes. 

Avísame si hueles a vainilla.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Permanente


Su yo de hace cinco años está tras un cristal. No la oigo. No me oye. Sonríe al otro lado y me guiña un ojo. Tan feliz, tan invencible, con esa convicción de que podíamos levantar el mundo con los brazos mientras estuviéramos juntas. Golpeo el cristal con los puños y el vapor narra con su dibujo cómo imploran mis manos. Quiero avisarle, desde aquí, con mis ojeras y mis años cargados a la espalda. “Por favor, prométeme, por mi yo de antes, que no dejarás que se vaya, que sabrás amarla y no matarla. Para no matarse a sí misma a largo plazo mientras a ti te mata a corto”. 

Me gustaría arrodillarme ante ella e implorarle, exigirle, rogarle con mis manos tirando de su camisa  mirándole a los ojos. Pedirle que a pesar de todo, continúe, que yo lo haré por ella hasta el final, que no la abandonaré en ese laberinto oscuro en el que va a perderse, que seré su luz, pero le ruego que ella lo haga también después por mí. Con la prisa de alguien que está apunto de precipitarse a una eternidad en la nada, rasgaría el papiro del pasado para darle unos segundos, antes de que vuelva a entretejerse todo, para que se escape por esa fisura y nos salve. Entonces le pondría el mapa de nuestra historia en las manos, apretándolas con las mías y deseándoles suerte a sus ojos, mientras yo caigo en la oscuridad del nunca. 

Que aguante un poco más, que cumpla lo que firmó con su sangre, que no se pierda en el frondoso laberinto de los argumentos y las razones, que busque dentro de su corazón, que allí me encontrará y seré su refugio. Que me espere, que le prometo que volveré después de la tormenta. Que no deje que al regresar yo no encuentre más que la estampa del “demasiado tarde”, perfecta para llorar sola en la lluvia. De rodillas ante mi destino.

Aguanta por favor, amor mío, aguanta.

Pero el cristal es demasiado grueso, y la veo al otro lado haciéndome gestos, pretendiendo provocarme una sonrisa que me haga dejar de llorar. Ya que es inútil, me quedaré quieta, de pie, con las manos rendidas a las lágrimas y una sonrisa al ver de nuevo sus ojos verdes y lo guapa que estaba. Me dejaré sentir, la grieta, la contradicción temporal que nos impide comunicarnos, y, a pesar de la cual, llevo a la E de entonces en lo más hondo de mi corazón, allí donde solo cabe ella, para poder verla jugar, reír y disfrutar de lo que es solo suyo en ese momento. Viéndola con la conciencia de haber descubierto un tesoro del que se ha hecho dueña. Y poder regresar siempre que lo necesite a este cristal.

Así es como la recuerdo y así es como la llevo siempre conmigo, aunque no pueda volver a hablar con aquella chica de diecisiete años. Ni pueda romper mi futuro en un último beso con ella. 

No entiendo el presente. ¿Cómo puede esfumarse una montaña? Lo mismo nos ha pasado a nosotras. Tampoco sé nada del futuro, pero a mi chica de ayer le prometí mi vida. Se la entregaría otra vez. Estoy segura de que ella sí ocurrió, y eso me basta para enfrentarme a todo lo demás. La amo.
A ella jamás le negaría nada. Ni ella a mí. 

Prometo serte fiel, amado recuerdo.


I am lost, in our rainbow, now our rainbow has gone.
Overcast, by your shadow, as our worlds move on.
But in this shirt, I can be you, to be near you for a while.
There's a crane, knocking down all those things, that we were.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Peones en la manga

Hola niña. Aquí estamos otra vez. En realidad siempre supe que tarde o temprano te darías cuenta, de que solo tú y yo sabemos pintarnos la vida de acuarela. Las aceras son cascadas de colores cuando paseamos juntas. El sol quiere cegarnos, persiguiéndonos a través de los huecos que hay entre estos muros negros, los que levantamos entre nosotras y los de esta ciudad, iluminando la escena más pura que acontece en su tarima. La piel de todos los enamorados se subleva en nuestros dedos cuando caminamos de la mano, derritiendo el aire. Si nos besamos se dan la vuelta las señoras a nuestro paso, de un chasquido, escandalizadas por semejante falta de vergüenza. Lo que no saben es que me la quitaron otras como ellas, a golpe de críticas. Y ya me queda poca. Menos mal.

En el fondo siempre supe que lo verías, que tú también sigues necesitándome a mí, aunque hayas jugado a ser mala. La más mala e insurrecta de todas las jóvenes que se creen rebeldes. Y tan bonita al frente de tu revolución equivocada. Al final ese combustible de la novedad y el placer se acaba, solo emana al principio en las relaciones corrientes. Menos para nosotras, que funcionamos con otro tipo de calor. Lo sabía incluso cuando lo di por muerto, como alguien que lo ha perdido todo pero guarda una última carta. La última puta bala para volver a la Luna. Pero antes voy a dejarlo calentar, de nuevo a fuego lento. Fuego sereno, como decía un libro.

El tablero ha regresado a su sitio. Vuelvo a ver las piezas ahora que me recupero del golpe, de los ríos de sangre que brotaban de mi nariz, del sudor y el hinchazón de mi frente, tirada en la silla de un viejo bar frente al tablero. Como un gánster muy peligroso con el que han ajustado cuentas. Respiro hondo y enfoco la vista, hasta que los cuadrados blancos y negros quedan fijos en mis ojos. Enciendo un cigarro y me peino el pelo con las manos.


Se reanuda la partida. Ahora que he recuperado unos cuantos peones en tu corazón, un movimiento precipitado puede devolverme al sitio del que vengo. No hagamos ruido, y que las piezas regresen solas a su lugar, como autómatas volviendo a casa en la penumbra. Recuperaremos a la reina. La naturalidad y el tiempo la traerán. Pero, de mientras, que los peones no se delaten.

Mías blancas, como siempre.







Tell me, is this where I give it all up?
For you I have to risk it all
Because the writing's on the wall

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Reparación en curso

Al final todos volvemos. A lo que pasaba antes de nuestras aventuras de jugar a ser adultos. A aquellas heridas en las rodillas, y después en el corazón, pero a ese no se le pueden poner tiritas de colores. Porque aquello que pasaba cuando no sabíamos sumar es lo único que permanece, lo que nos hizo ser lo que somos, más allá del amor, de la competitividad, del fracaso, del éxito y de la gente que entra y sale de nuestras vidas. Y ojalá nunca hubiera sabido de números.


La música que escuchaban tus padres cuando eras niña, las meriendas que te hacía tu abuela, cuando la invitabas a desayunar frutas de plástico a las ocho de la tarde, el olor del cuarto de tu hermana, los viejos libros que ya estaban en el salón cuando naciste. Tu casa. El mar, que siempre está ahí, en las duras y en las maduras. Todas las arrugas perfectas de tu palma, forjadas en recuerdos. Cuántos balones han botado, cuántas puertas han abierto, cuántas lágrimas han secado, tuyas y de otros. Cuántos pelos han enredado y labios han acariciado, o más bien, veces han amado a los de Ella, porque no hubo otros iguales. Y siguen ahí, como fotogramas escondidos en los surcos de tu piel. Son verdad, no fue un sueño. Mira tus manos.

Todo eso eres tú. Has dejado que te roben algunas canciones, que compartiste con la persona que te robó también el corazón. Pero todo lo demás está ahí, y cuando lo necesites no dudes en quitarle el polvo a la portada, porque permanece intacto para ti, por si algún día quieres volver a leerte. Por si algún día te olvidas de quién eres y de por qué estás donde estás. Por si necesitas recordarte que eres la persona más importante de tu vida. Que sin ti no habrías hecho todo lo que has hecho por los demás, ni lo que hicieron ellos por ti. Eres la única razón que importa para casi todo. Y, hazme caso, es más que suficiente.



Ya sé que otra vez el corazón, otra vez el amor y el desamor. Lo mismo de siempre, no hay más temas sobre los que escriban los poetas, ni los masoquistas. Pero mentiría si hablase de otra cosa, y esto no es un teatro. No sé fingir para satisfacer, lo olvidé mientras me enamoraba. Porque si hablo de recuperación es porque me han partido el corazón, como el súbito impacto de un accidente de coche, y ese silencio grave de después. Pero no uno, uno tras otro todos los días. Porque quién necesita hablar de sus raíces si no es porque le han cortado las alas al volar. El amor de verdad es así, amor del duro, un poco de cielo y un poco de infierno. Cuando te llevan una vez al paraíso quieres volver siempre, sea cual sea el precio.

Otra vez hablando de ti, mil y una veces. De lo que he perdido y de lo que no sé si aún puedo recuperar. De cómo te ríes mirándome a los ojos y de cómo se encogen nuestros pechos en una carcajada ahogada. De tu torpe manera de caminar por las calles que solían ser nuestras. De aquellos pómulos que ardían de llorar, y de esas lágrimas saladas en mis labios al besarlos. Cuando todavía me necesitabas. Sentadas en mi cama con mi mano sobre la tuya, deslizándola al compás improvisado de la primera ternura que se entrega. Capaz de romper la tierra de un golpe para protegerte. Y tan jodidamente fuerte. Yo tampoco sabía de amor cuando te enseñé.

Todo aquello siendo amigas, para qué más, si dentro de esa palabra entraba todo. A fuego lento, como las mejores cosas. Hasta que para cuando quisimos darnos cuenta ya habíamos llegado al cielo sin pretenderlo, en una nave de cartón. A bailar nuestro tango en los salones que hay sobre las nubes. Nosotras, perfectas, invencibles, eternas. Lo nuestro ya no tenía nombre.

Todo lo que tenía me lo dejé en esto, en aquel altar para ti. Y ya no me queda para nadie. Ni para mí. Cómo voy a poder olvidar si lo has sido todo, si para rebobinar al antes tengo que retroceder a cuando salíamos al patio a agarrar las verjas para tener un poco más cerca el futuro. ¿Ves? ¿Cómo no hay un antes? Se supone que ahora tengo que reinventarme al margen de lo mejor de mí, y que tengo que buscarme una personalidad aparte de todo aquello. Una corriente, correcta, estable… Con toda la repulsa que me producen esas palabras. Y sobre todo, que no sepa de amor.



martes, 27 de octubre de 2015

Secreto de suma-to-rio

27-08-15 1:00

Eres mi secreto de sumatorio, y no porque haya cometido un error, que también, sino porque hay que sumar a toda la gente que sabe que me quieres y a toda la que sabe que te quiero yo, mi pequeño secreto a voces. Y porque, ya que eres la estudiante de física más lela del universo, había que hacerte un homenaje en este juego de palabras. Porque total, para qué evitarnos, si sé que voy a volver a caer. Porque tú y yo sumadas de cero a dos, damos uno.
Me parece a mí entonces que la función de variables independientes tú y yo de este sumatorio va a ser el amor, esa incógnita que nos hace dependientes.

jueves, 22 de octubre de 2015

Desde las alturas

Y a todos esos que me preguntan sin haberla visto, por qué tanta locura por un alguien que no está, ya sé que voy a decirles la próxima vez.

 ¿Sabes cuando estás en un quinto piso y te apoyas en el balcón para mirar abajo? Es algo así como cuando tú y yo fuimos al faro. Acuérdate del mar matándose con las olas a golpes, con una caída vertical tan grande como lo fue la nuestra.



Miras abajo y sientes miedo, pero una atracción a saltar de igual intensidad, de la que tú misma te asustas porque brota de un lugar del subconsciente que no entiendes. Y te dice "salta", como me lo insinúas tú cada vez que vuelvo a verte, aunque tus palabras me cuenten lo contrario. O como te dije yo en aquel ático mirándote a los ojos. Han pasado más de cuatro años de aquel junio, y de las hostias que nos hemos dado al caer tú ya no quieres saltar. Te entiendo, hubo un tiempo en el que yo tampoco quise tirarme más, abatida por el dolor sobre las rocas. Pero volamos antes de matarnos. Joder que si volamos.

Es como cuando llevas un cuchillo a la mesa, a la altura del estómago y piensas, "empuja", y censuras tus pensamientos, pero en algún lugar eso te pervierte, te atrae, te embruja y te dice "vamos, hazlo". Te seduce la oscuridad. Y no es porque busques un final inesperado en tus actos, las consecuencias de caer en la tentación están claramente estipuladas en el contrato. Anhelas unos estímulos que la cordura no puede darte, un frenesí previo al desenlace que te dilate las pupilas y te paralice los pulmones, con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Que te haga sudar frío y te lleve al límite.

Y eso es lo que le pasa a todo aquel que ha tenido la oportunidad de verla auténtica, con la piel de su alma desnuda en cada verdad que le duele, que le curas con un sacacorchos lo más suave que puedes. Cuando la ven, todas quieren saltar, todas se vuelven locas por matarse.

Yo fui la primera que se tiró con los ojos cerrados. La primera que la vio, y que la desnudó en verdades y miradas. Que la enseñó a ser vista.

La única por la que tú te tiraste. Por mí.

Y ahora estoy aquí una vez más, los talones en el borde y una moneda en la mano. Adicta. Con el corazón destrozado. Cara o cruz.